Aunque no hay soluciones únicas, si hay caminos y mejores, siempre adaptados a la naturaleza del ser viviente. Indagar en el propio vivir y en el sentido que se da a la propia vida termina resultando imprescindible para no acabar perdido y desconcertado
Lo malo de llegar a ciertas edades es que ya nos conocemos todo, y no hay lugar para la sorpresa. Y no es que conozcamos todo, todo… Conocemos todos lo referente a lo que nos gusta, porque lo demás lo ignoramos por la sencilla razón de que nos resulta indiferente.
Entonces, ¿cómo es posible dar vida a la ilusión, cuando es la ilusión lo que nos hace acelerar el paso y la respiración? La ilusión, junto al amor, es la chispa de la vida, aquello que nos emociona y nos hace sentir radiantemente vivos y llenos de energía.
Tal vez, llegados a ciertas edades, como decía, la ilusión solo es posible con el olvido. ¡Olvidar! Olvidar todo lo aprendido; olvidar que hemos vivido y volver a empezar, una y otra vez como si acabáramos de nacer. No insistir mucho en recordar y, como los niños, mirar al frente con el deseo de hacer del día que comienza una jornada llena de experiencias fantásticas (aunque solo sea con la imaginación). Un nuevo día como si fuera una nueva vida.
¿Y cómo olvidar? Es que no se trata de olvidar realmente, sino de mirar al frente al futuro, desnudarnos de nosotros mismos y volvernos a vestir como realmente deseamos viajar por un mundo que no nos va a regalar nada, que solo podemos conquistar. A ser posible con amabilidad y sonrisas, que ya demasiada ingratitud y agitación se crea en este paraíso que algunos se empeñan en mandarlo a hacer puñetas.
¿Y qué hacemos con la herencia del pasado? Porque no podemos tirar a la basura lo que somos, lo que fuimos, a los que son compañeros de vida. ¡Un buen reseteo! Mirar todo con nuevos ojos, como si acabáramos de nacer. Inventarnos la vida sabiendo que hemos nacido con determinadas condiciones y responsabilidades (también dones y regalos) que no podemos obviar. ¡Ser olímpicos! Y pensar que lo mejor siempre es posible y está por llegar.
¿Y qué hacemos con las desgracias y las derrotas del pasado? Intento recordar, pero por mucho que lo intento, no sé de qué se trata. Yo desayuno cada día una buena rebanada de inocencia, untada con una buena capa de ternura e impaciencia por descubrir las sorpresas que traerá la jornada. Nada puede salir mal, y si algo no saliera bien, patada adelante y a seguir soñando la belleza que se me haya podido negar. Nada puede salir demasiado mal…
Tal vez la gran verdad de la vida consiste en reconocer que solo somos niños que crecimos y olvidamos que lo somos, y siempre seremos. Niños amantes, alegres e ilusionados…
Hubo una persona que me enseñó, ya hace muchos, muchos años, a abrazar y su significado. Realmente, yo ya abrazaba pero era algo más mecánico, menos sentido. Por así decirlo, ponía el peso en la forma y no en lo que supone e implica este gesto. Era más un trámite formal que otra cosa.
Y aunque parezca mentira, aprendí el más profundo de los significados de abrazar, ¡sin utilizar los brazos! Parece un contrasentido, pero siendo el abrazo la suprema muestra de amor, al quedar ese gesto desnudo de brazos, su significado se visualizó perfectamente. Supongo, también, que había llegado el momento de comprender… Las cosas no ocurren siempre cuando se nos presenta la oportunidad sino cuando estamos preparados para aprender. Pues como he dicho hace unos minutos, vivir el amor (el sentimiento) es algo que aprendemos a lo largo de toda una vida. Una cosa es el sentimiento, y otra cómo lo vivimos, que no tienen por qué coincidir.
Era una maravillosa persona (falleció hace ya muchos años), un hombre con una sabiduría, unas creencias y un vivir maravillosos. Nunca me abrazo con los brazos, pero su forma de darme la mano era especialmente acogedora. Nos apretábamos la mano derecha, sí, pero su mano izquierda tomaba mi antebrazo derecho y lo agitaba con rotundidad, acompañando este gesto con una infinita mirada de aprecio, una sonrisa y unas palabras de auténtico cariño. Abrazaba con todo el cuerpo, y cada pequeño gesto era un acto de amor sincero. Y duradero…
Al final, lo importante no son los formalismos que utilizamos para comunicarnos, sino la intención y la intensidad de nuestros sentimientos; en este caso el aprecio, el afecto, el amor que transmitimos, más aún con el lenguaje no verbal que con lo que decimos.
Estés donde estés, gracias Bernardo por todo lo que me enseñaste. Y en especial por esta hermosa lección, sencillamente inolvidable.
Y que en ese camino que se abre al futuro podamos disfrutar de la vida en paz y colaboración, alejándonos de los caminos de la confrontación o la competitividad, que tanto daño nos hacen.
Siempre es la hora de vivir en paz, del buen hermanamiento, aunque parezca que nunca llega… aunque nos invada la desazón al comprobar que aún está lejos…
Que la paz sea con todos…
Emilio Muñoz Pensar y sentir
VOCES 8 - May You Walk Gently (Blake Morgan)
(por VOCES8)
En esta época de mi vida en la que me voy acercando lentamente al momento de marcharme siento aproximarme más y más a los niños, como si mi vida les perteneciera especialmente a ellos. Supongo que mi cáncer, que hasta el día de hoy me ha respetado, pero que me puede traicionar en cualquier momento, tiene mucho que ver en ello.
Y mucho que ver tienen los caminos recorridos, las experiencias vividas, las intensas emociones sentidas, la íntima y discreta pasión con la que he vivido mucho aspectos de mi vida, entre ellos, y sobre todo, el amor.
Cada día me emociona más ver a los niños. Su mundo es mi mundo. Son lo que yo, en lo más profundo de mí ser, siento que soy. Soy uno más, y lo soy cada día más.
Por eso, cuando llegue mi hora, quisiera estar rodeado de niños que jueguen sin advertir mi presencia. Y quisiera sentir la hierba bajo mis pies, rodeado de árboles, bajo un cielo azul lleno de sol y algunas nubes.
Sentado, olvidado del mundo, cuajado de inocencia, observando feliz la vida a mí alrededor… dejando que al cálido abrigo de mis manos se asiente la buena tierra y florezca la ternura de las margaritas.
Es para mí época de descubrimientos, de despertares, de novedades, de encuentros. Y siendo así, adivino la vida como un juego de muchos colores diferentes, no siempre g rato…
Se me hace más y más evidente que no necesito ser feliz, que ni siquiera ésta es la clave de mi vida, ni su búsqueda me permite conseguirla. Ni es fundamental lo que me sucede o lo que se piensa de mí. Me es suficiente con dejarme llevar y fluir. Vivir desde mí mismo y compartir… la calidez del abrazo amigo, la charla que desnuda el alma, la humilde belleza de la naturaleza, también del humano ser.
No necesito ser feliz para vivir, me basta con ser yo… yo mismo, el auténtico yo, siempre curioso y creador. Y tener alguien con quien compartir la vida, desde el alma misma… el humano sentir.
Allí, sin buscarlo, me espera esa humilde dicha que podría llamar felicidad. Allá, muy cerca…