“Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto”
Idea Vilariño (1920 – 2009)
De “Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos...”
“Soy un gorrión que vuela
de los pesebres tiernos de tu boca
con dirección al libro de tus muslos”
Manu Cáncer (1954 – 2002)
De “La canción de todos los días”
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| Foto de Christian Papaux en Unsplash |
Adquirimos la costumbre de tomar, a mitad de estancia, algo de beber y algo de comer. Cualquier cosa para distraer el hambre, como patatas fritas. Fue una sorpresa comprobar desde el primer día como los gorriones nos visitaban al poco de escuchar como la bolsa de plástico era abierta. Se posaban en el suelo y nos miraban desde una cierta distancia (un metro, o poco más) esperando que algo se cayera o que algo les lanzáramos.
Me hacían reír las crías de los gorriones, que ponían tanto énfasis en que sus madres los alimentaran que no se percataban de que se acercaban a nosotros hasta el punto de estar casi al alcance de nuestra mano. Enseguida se formaban grandes grupos de estas maravillosas aves, devorando aceleradamente todo lo que podían.
Un día llegó un viejo gorrión. Saqué esa conclusión porque actuaba de forma muy diferente a los demás gorriones. Además, siempre estaba especialmente desaliñado, como si no cuidara con demasiado esmero de su plumaje.
El viejo gorrión no se aceleraba para comer. Al contrario, picoteaba algún pedacito de comida para después soltarlo. Lo que si hacía mucho era mirarnos. Nos miraba con atención mientras poco a poco se iba acercando hasta incluso, situarse en medio de nosotros o rodear nuestros enseres. Ningún otro gorrión se aproximaba tan temerariamente.
Un día que estaba yo solo llegó el viejo gorrión cuando estaba leyendo. No había comida, ni se habían congregado alrededor otros gorriones. Simplemente llegó… Me miró, tras lo cual se fue adentrando tranquila y confiadamente en la toalla que tenía extendida sobre el suelo de la piscina, hasta llegar a ponerse al lado de mi rodilla. Cuando pensé, sorprendido e ilusionado, que iba a subirse a mi pierna, me miró fijamente. Después me dio la espalda y se alejó lentamente en dirección a mis pies. Se volvió por última vez para mirarme con curiosidad, tras lo cual se alejó volando. Nunca más lo volví a ver…
Soy de los que piensan que nada en la vida ocurre por casualidad, lo cual no quiere decir que entienda por qué vivo sucesos tan especiales como este, y por qué no lo olvido. Algún día encontraré su significado… Las respuestas siempre llegan cuando menos lo esperamos.
Así de caótico soy yo. Mi espíritu se apasiona imaginando hasta dónde puede llegar el ser humano creando belleza, pero se emociona hasta el ahogo viviendo estas humildes, pero maravillosas, experiencias que nos regala la vida.
Me esfuerzo por aprender. No solo de los niños…
Emilio Muñoz
Pensar y sentir
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